Fernando Martínez Laínez
IN MEMORIAM
MOHAMMED ISMAIL SHAIJ
PADRE DEL NIÑO PROTAGONISTA DE LA PELÍCULA “SLUMDOG MILLONAIRE”, GANADORA DE OCHO OSCAR
La primera muerte de Mohammed Ismail Shaij empezó cuando un grupo de extranjeros llegados de Hollywood seleccionó en un suburbio de Bombay (Mumbai) a su hijo de 10 años, Ayaruddin Mohammed, junto a otros dos niños, para interpretar la película Slumdog Millionaire (algo parecido a “Perro chabolista millonario”), ambientada en las pocilgas donde las ratas disputan a los humanos su ración de subsistencia diaria. El argumento de la cinta se aproxima a una historia de Dickens con final feliz transplantada a la India actual. Eso la convierte en una fábula doblemente fantástica, pero la fantasía, bien manipulada para propiciar la evasión, es precisamente la esencia del cine.
El filme se llevó ocho Oscar de una tacada, y recaudó en pocas semanas 320 millones de dólares, veinte veces más de lo que costó. Los pequeños protagonistas fueron paseados por Hollywood y obsequiados con chucherías del Pato Donald, pero varios meses después de la entrega de las estomagantes estatuillas, Ayaruddin (“Ayar”) seguía viviendo en la pobreza mientras los cineastas engordaban sus cuentas corrientes. Desde entonces Mohammed Ismail, enfermo y con problemas de alcoholismo, no levantó cabeza. No podía explicarse que no le llegase nada del dinero que su hijo había generado. Quizá por eso abofeteó en público al dócil “Ayar” cuando éste, agotado por el viaje después de haber visto las luces de Disneylandia, rechazó a la prensa que le esperaba ansiosa en la puerta de su chamizo. Más tarde, el airado progenitor pidió excusas avergonzado, pero esas cosas no se olvidan. “No jugar con pobre”, escibía Gracián. La caridad al azar y de uno en uno- además de solucionar poco- siempre establece injusticias comparativas, y azuza el resentimiento de aquellos menesterosos que se han visto privados de entrar en el bingo.
La fama y el sufrimiento (real) de los niños que intervenían en la película exigía parches rápidos a su desgracia, soluciones inmediatas que parecían fáciles de arreglar con dinero. Se trataba de proporcionar a la familia de Ayaruddin un techo y algún efectivo para ir tirando. Nada del otro mundo. Pero el caso fue que varios meses después de ganar los Oscar todo seguía igual que antes. Los amos de la película no querían darle dinero al padre porque temían que lo malgastase, y en cuanto al gobierno de Mumbai, que también había prometido el oro y el moro, al final, si te he visto no me acuerdo. Fórmula frecuente que los poderes públicos utilizan para dejar intactos los problemas una vez pasado el momento de la foto. Por fortuna, los dueños de la película decidieron crear un fideicomiso que, al parecer, garantiza algún dinero al hijo de Mohammed Ismail cuando sea mayor de edad y ha servido para comprarle a la familia un apartamento liliputiense de 23 metros cuadrados.
Tengo para mí que Mohammed Ismail, el padre-patrón del niño actor, ha sido la auténtica víctima de este cuento de Cenicienta. No solo ha quedado como un villano ante el monstruo impalpable de la opinión pública, sino que ni siquiera tuvo tiempo de salir de la miseria que le persiguió desde niño y le ha llevado a la tumba con 46 años. Esa fue su segunda y definitiva muerte. Cada vez más débil y desilusionado falleció de tuberculosis en la casa familiar, cuando su hijo “Ayar” estaba en la escuela. En él se cumplió lo que afirmaba el poeta latino Marcial: Las riquezas solo alcanzan a los que ya son ricos. Para los pobres, la historia es diferente.








