Fernando Martínez Laínez
La vida de Humphrey Hugh Slater es un compendio de las contradicciones de esa generación “perdida” de intelectuales europeos marcados de por vida por la guerra civil española.
Slater era un temperamento artístico predispuesto a la acción. Nacido en 1906 en Carlisle, Inglaterra, pasó su infancia en Sudáfrica antes de regresar a Gran Bretaña a finales de los años veinte y dedicarse a la pintura en Londres, donde llegó a exponer en galerías importantes. Por esas fechas se casa y se afilia al Partido Comunista británico (PCB). Viajó a París, Moscú y Berlín. Dio mítines, escribió artículos y posiblemente intervino en tareas clandestinas al servicio del Kremlin. Todas estas idas y venidas levantaron las sospechas del contraespionaje británico (MI5), que no tardó en seguirle la pista. Hasta su correspondencia familiar fue interceptada y microfilmada por los servicios secretos de Londres. Entregado a la causa comunista, la actividad de Slater es incesante y la vida familiar se resiente. La ruptura de la pareja, ya con dos hijos, no tarda en llegar. La esposa le da a elegir: ella o el partido. Elige el partido y ella se divorcia.
Sorprende el seguimiento minucioso que los servicios secretos británicos dedican a Slater durante la etapa de la Guerra Civil. En julio de 1936 entra en España como periodista. Envía crónicas de los primeros momentos de la contienda a la revista Inprecorr. Vuelve a Inglaterra y poco después regresa a España alistado en las Brigadas Internacionales. Combate en el Jarama, Quinto, Belchite y el Ebro al mando de una batería antitanques, y con el rango de capitán es designado jefe de operaciones de la XV Brigada. Herido en una pierna en septiembre de 1938, es repatriado y recorre Gran Bretaña recabando ayuda para la República española. Pero ya por entonces sus convicciones comunistas se tambaleaban, y en enero de 1941 sería expulsado del PCB.
En agosto de 1940, la guerra española había terminado y Slater era instructor de una escuela de entrenamiento de Home Guards (voluntarios reservistas), donde intentó hacer valer sus méritos de combatiente en España. No lo consiguió. Durante la contienda fue movilizado como simple fusilero de infantería, pese a sus reclamaciones para obtener un destino acorde con la experiencia militar adquirida en las Brigadas.
Acabada la II Guerra Mundial, Slater se dedicó a la literatura y el periodismo. Había pasado del comunismo militante al anticomunismo activo y fundó con George Orwell la revista Polemics, de corta vida. Pero su mayor logró fue la publicación de las novelas Los herejes y El conspirador, dos obras magníficas. Rechazado como espía por el Servicio de Inteligencia británico, decidió regresar a España para escribir sus memorias, y aquí murió en 1958, sin que, por increíble que parezca, se hayan esclarecido ni el lugar exacto ni las circunstancias de su muerte. Un vacío sospechoso. Algo muy extraño que da pie a cualquier suposición y continúa alimentando el “misterio Slater”.
COMPAÑEROS DE VIAJE
La Guerra Civil española fue el palenque donde afilaron sus cuchillos los contendientes de la guerra mundial que vendría poco después, pero también fue un escape romántico, un choque de ideologías antagónicas que arrastró a muchos hombres y mujeres de todo el mundo a morir por una causa.
Ninguna contienda moderna ha suscitado tanto fervor en el ámbito de la cultura. Humphrey Slater fue un soldado más de ese nutrido ejército de periodistas, escritores y artistas que vieron en España el sustitutivo de la disputa política interior en sus propios países. El señuelo de una revancha adelantada. Como decían los italianos de la brigada Garibaldi: Oggi in Spagna, domani in Italia.
Hacer un listado de “compañeros de viaje” en la aventura española conformaría un mapa interminable del dramático laberinto intelectual y político del siglo XX. Malraux, Dos Passos, W.H. Auden, Anna Seghers, Orwell, Stephen Spender, Carpentier, Hemingway, Roy Campbell, Koestler, Octavio Paz, Neruda, Vallejo, fueron testigos agoreros del linchamiento de un país partido en dos. Con intuición señaló Arthur Koestler, gran desengañado de utopías y patrañas: “Otras guerras consisten en una sucesión de batallas; ésta es una sucesión de tragedias”. En ese sentido, el desolladero español fue también el laboratorio de toda la tragedia europea hasta el final de la Guerra Fría, cuando el comunismo de raíz estalinista acaba envenenado por sus propias contradicciones entre la indiferencia de su propio pueblo.”
Igual que ocurrió con Slater, los escritores que llegaron a la guerra de España no se conformaban con escribir la historia de su tiempo, querían hacerla. Algunos – como el poeta inglés John Cornford, bisnieto de Darwin, o Julian Bell, sobrino de Virginia Woolf- dejaron aquí sus huesos, pero al final todos los demás se marcharon y España se quedó sola, pobre y triste, con las manos manchadas de sangre de sus propios hijos.
No todos los “compañeros de viaje” de Slater empuñaron el fúsil. Disparar de verdad solo lo hicieron unos pocos. A muchos se les había pasado la edad de la trinchera cuando llegaron y otros, sencillamente, no tenían tripas para luchar y abandonaron pronto, aunque alimentaran la batalla con propaganda y mítines desde la lejana retaguardia. Muchos también salieron de España inmunizados contra el “socialismo real” que les tocó en suerte: Dos Passos, Orwell, Spender, Malraux, Octavio Paz o el propio Slater. A ellos podrían aplicarse las palabras de Auden (otro arrepentido): “No conozco a nadie, salvo los estalinistas más testarudos, que volviera de la guerra civil de España con sus ilusiones intactas”. A partir de ahí, unos y otros tendrían que buscarse su propio camino y su propia salvación.
—Todos se marcharon, algunos dejaron sus huesos, y España se quedó sola.
No todos empuñaron el fúsil. Algunos se les había pasado la edad de la trinchera, y otros no tenian tripas.








