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(c) Fernando Martínez Laínezhttp://www.martinezlainez.com/archivo/documentos/N007_obras_slater.pdf





EL misterio del escritor inglés y combatiente de las Brigadas Internacionales, Humphrey Slater, desaparecido en España a los 52 años sin dejar rastro, se extiende también a sus novelas. A pesar de que cuando se publicaron alcanzaron cierto éxito, y algunas fueron traducidas al alemán y al francés, por alguna razón difícil de explicar pasaron al limbo del olvido y no se volvieron a editar. En España, incluso eran desconocidas hasta ahora, cuando se publican por primera vez dos de ellas: El Conspirador y Los Herejes, tras una meritoria labor de rastreo biográfico-editorial en los archivos británicos a cargo de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.


   Slater evidencia un talento narrativo de primer orden y es un personaje políticamente desengañado con el ideario comunista. Un hombre que mordió la manzana de la duda  durante la guerra civil española y terminó expulsado del Paraíso (el partido) en el que había puesto todas sus esperanzas. Pero, aunque vapuleado por la decepción, no estaba hecho para seguir caminos trillados, una cualidad que se refleja en las dos novelas mencionadas. En ambas, el elemento político está muy presente como condicionante decisivo de la experiencia vital del autor, quien, a través de los hechos narrados, va dejando de manifiesto las claves de su transformación ideológica.


   Aparecida en 1948, El conspirador es una novela de espionaje en línea con los mejores ejemplos del género. La historia arranca con el matrimonio de una ilusionada joven, Harriet, y un militar de prometedora carrera y pomposo nombre, Desmond Ferneaux-Lightfoot, comandante de la Guardia de Granaderos, que en realidad no es, ni mucho menos, lo que parece. La inclusión de elementos melodramáticos actúa como contrapunto distanciador y sirve de sustrato animado sobre el que se asienta la turbia intriga protagonizada por unos personajes de trazo firme, cuyas vidas acaban ahogadas en el engaño. 


    El estilo de Slater es claro, directo y vigoroso, salpicado de ironía y tino observador, con diestro manejo de los diálogos y un alto contenido emocional coherente con el ritmo vivo del relato. La descripción que hace de los servicios secretos soviéticos resulta lúgubre y rebosa hosquedad. Esa sordidez del siniestro elenco de espías cercano al protagonista es la que corroe sus convicciones, destruye su ingenua sensación de superioridad y lo arrastra a un trágico final.


      Como otros muchos de su misma generación, Slater dejó en España sus mejores años y su optimismo histórico. Algo que queda patente en Los Herejes (1946), un novela dividida en dos relatos independientes que sorprende por su original planteamiento estructural, de alto contenido autobiográfico, y unas cuantas escenas de acción bélica antológicas. La primera parte transcurre en el momento histórico de la cruzada de exterminio contra los albigenses, bajo el papado de Inocencio III. La segunda, de carácter mucho más testimonial, comienza el 17 de julio de 1936 en Málaga y desarrolla una historia de amor y guerra que acabará en el exilio y la derrota, con la traición como elemento básico de la reflexión política planteada por el autor. Las dos partes están conectadas por el paralelismo de las situaciones y la similitud de los personajes principales, y su hilo conductor es el fanatismo y sus consecuencias. Tanto el tiempo de Inocencio III como el del estalinismo tienen rasgos comunes: purgas, confesiones forzadas, tortura, ejecuciones, denuncias y traición, y acaban fundiéndose en una visión única sobre la intolerancia y la persecución religiosa y política. El NKVD-KGB y la Inquisición romana son la misma cosa al servicio de una misma locura en épocas distantes.


   En buena medida la novela deja entrever el ciclo fatalmente repetitivo de la maldad humana, enmascarada por ideologías religiosas y políticas cuando se trata de dar caza al hereje, al disidente o, sencillamente, al sospechoso. Algo que el estalinismo de aquellos años de plomo resumió con concisión alarmante: Todo lo que ayuda a la revolución es bueno, y todo lo que la obstaculiza, malo. El mismo principio que Slater vio aplicar tantas veces en España, en la implacable cacería contra “troskistas-fascistas” y otras variedades heréticas.


   Slater tuvo el valor de ser uno de los primeros en denunciar las insidias estalinistas y mostrar sin falsas coartadas el lado oscuro de una ideología que sus adeptos más fanáticos convirtieron en secta excluyente. Su anticomunismo no era de oídas o adquirido de lecturas, sino resultado de un proceso- como el de Orwell- basado en la propia experiencia. Puesto a elegir, se mantuvo fiel a su conciencia; y esa fidelidad le costó la fama y puede que  incluso la vida.




 
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